sábado, 8 de enero de 2011
EL RITMO DEL UNIVERSO
El Universo lleva un ritmo muy preciso, en todo, tanto en las cosas grandes como
en las pequeñas y la Humanidad organiza su vida confiando en la seriedad y en la
regularidad de la Naturaleza. Esto es lo corriente, lo normal, pero por la índole de mi profesión, he podido observar que, casi siempre, se confía, ciegamente, en que la
Naturaleza cumplirá con su obligación, en todas las ocasiones en las que interviene,
si las condiciones son las requeridas y se producirá, a su debido tiempo, cualquier
fenómeno natural que le haya sido encomendado.
Cuando el hombre aprendió a cultivar la Tierra, . se resignó a esperar a que la
semilla arraigase, a que frutas, cereales, verduras y legumbres, fructificasen, creciesen
y madurasen y nunca dudó de que lo harían, pero hay una determinada cosecha,
acaso la más importante de todas, la de individuos de una misma especie, la de hijos,
en la que, actualmente, el ?homo sapiens? desconfía de que la Naturaleza esté a la
altura de las circunstancias, de que no sea capaz de terminar la faena que emprendió
espontáneamente que, después de haber trabajado en ella satisfactoriamente, por un
largo y difícil período, la deje inacabada en su etapa final, la más breve a la más fácil
de todas y que tenga que ser rematada por la ciencia humana que, con todos mis
respetos, juzgo mucho más insegura e ineficiente
Me estoy refiriendo al parto que, actualmente no se piensa que pueda verificarse,
sino por medios artificiales médicos o quirúrgicos.He leído y estudiado, atentamente
durante muchos años, cuantos Tratados de Obstetricia han caído en mis en mis manos
y en ninguno de ellos he hallado mención de que, después de un embarazo normal, un
feto a término, se haya quedado dentro del útero y se haya momificado o reabsorbido
allí, sino que todos han salido por sus propios medios, tras un lapso de tiempo,
coincidiente o no, con el deseo humano, otros lo hicieron de forma más expeditiva,
por procedimientos más o menos sanguinarios, brutales y crueles, según los adelantos
de la poca y la maña y el talante del obstetra, pero todos, absolutamente todos,
acabaron saliendo.
Es muy chocante el pánico a que el crío se quede ahí dentro, a pesar de la
evidencia de que, en miles y miles de años de años, no lo haya hecho. Eso demuestra
que en le referente al parto, la impaciencia y la tozudez de la especie humana no tien
paragón, aunque en todas las demás cosas, se suele esperar, pacientemente, a que
ocurran, incluso cosas tan importantes como amanecer o la llegada del verano o de
determinada fecha, suelen ser esperadas, con mayor o menor impaciencia, pero no se
suelen provocar articifialmente,
Agricultores y jardineros esperan la eclosión natural de brotes, yemas y capullos,
dejando que la Naturaleza cumpla sus objetivos.Tambien los animales nos dan ejemplo de respeto a las cosas naturales., pues es el propio polluelo quién rompe el
cascarón para salir. La comprensible impaciencia de los padres, únicamente se
manifiesta dando vueltas, extrañados de que el hijo no salga, alrededor del huevo.
Pero ni la hembra ni el macho, jamás lo pican, ni mucho menos, acuden a pedir
ayuda a otra ave ?pica/huevos?. El saco amniótico de los vivíparos cumple la misma función que la cáscara del huevo en las aves y, salvo excepciones se suele
romper espontáneamente y en el momento oportuno, pero cada vez se tiende más a
practicar la amniorexis artificialmente Porque no se tiene paciencia para esperar a que
el parto se realice por sí solo es un misterio que me gustaría mucho desentrañar. Se desconfía de que el organismo de la mujer no pueda cumplir una función que le ha sido especialmen encomendada, pero no
ocurre lo mismo con los movimientos de la Tierra que estamos seguros de que no va
a dejar de hacerlos.
Así como, ni en la literatura ni en la práctica, he encontrado ningún caso de que
el feto se quedase dentro, de nacimientos espontáneos imprevistos y, algunas veces,
inoportunos, hay abundantes ejemplos y puedo atestiguarlo personalmente.
Desde 1963 a 1966, después de haber convalidado, en Italia mi título universitario
de matrona, trabajé como tal en Roma, en la popular y concurridísima ?Clínica
Guarnieri? situada en la Via Tor? degli Schiavi en el simpático barrio de Centocelle
Una noche, al coger la guardia, mi colega, Giulia Mercanti, me dijo que a
la embarazada de la cama Nº 58 no había que hacerle nada, que era una cesariada
anterior a la que su tocólogo particular vendría a practicarle una laparotomía a las
nueve de la mañana siguiente y que el feto estaba bien. Cuando fui a comprobarlo, la
mujer dormía y el latido cardíaco fetal era absolutamente normal, en vista de lo cual,
empecé, sin más dilación, mi jornada de trabajo.
En el amplio paritorio había tres mesas de parto, separadas por biombos y, apenas
se desocupaba una, casi inmediatamente se volvía a ocupar. Era una hermosa noche de
verano y yo estuve trabajando, sin cesar, hasta que la enfermera vino a decirme que la
señora de la habitación Nº 58 ?estaba muy colorada?.
Naturalmente, acudí enseguida a ver qué pasaba y, antes de entrar en la habitación,
oí, por el pasillo, el llanto del bebé, un hermoso niño que pataleaba entre las piernas
de su madre. La hice trasladar al paritorio y, en la misma camilla alumbrò completa y
espontáneamente, revisé el intacto periné y, debidamente acondicionada, fue trasladada a una habitación de la parte destinada a las puérperas. Yo cumplimenté el papeleo y seguí viendo cómo, uno tras otro, seguían llegando italianitos e italianitas al Mundo, hasta las siete de la mañana, hora en que terminaba mi turno de trabajo.
Como salía cansadísima, en vez de irme a mi solitaria casa, donde me hubiera sido
imposible dormir, de puro cansancio, fui a refrescarme a los baños de Tívoli, a pocos
kilómetros de Roma, con ánimo de airearme y de distraerme y me olvidé, por completo de la señora del Nº 58 y de su inesperado parto, pero al coger aquella noche la guardia la Mercanti me dijo que, a la mañana siguiente me pasase por el despacho del doctor Scarpinatti, que era el director, donde me esperaba una buena ?lavata di testa? o sea,
Mi colega no podía contener la risa explicándome que, cuando, a la mañana
siguiente, vino el tocólogo privado y ordenó a la ?portantina? que le llevara a la
señora de la habitación Nº 58, al quirófano, ésta llegó allí llorando a lágrima viva
y protestando, con todas sus fuerzas de que fueran a hacerle la cesárea, sin que su
marido lo supiera y, sobre todo, después de haber parido cuatro hijos y dos hijas,
en un pueblo calabrés.
Tanto chilló y pataleó, forcejeando para que no la rasurasen, ni la sujetasen a la
mesa de operaciones, que el tocólogo, que se estaba preparando para realizar a la
que creía su cliente, la intervención programada, se acercó a ella, seguramente,
con ánimo de tranquilizarla y de hacerla razonar.
Supongo que su sorpresa debió de ser mayúscula al ver que quién se resistía con
todas sus fuerzas y vociferaba, era una desconocida y que, además lo hacía con razón.
Alguien había hecho desaparecer a la presunta cesárea, sustituyéndola por otra
mujer. Inmediatamente se empezó una cuidadosa búsqueda por toda la Clínica y
dieron, con la recién parida, sana y salva, en la parte destinada a las puérperas,
sentada en la cama y dando, plácidamente, de mamar a su bebé.
Enseguida se supo que había sido la ?española?, una matrona venida de allende los
Pirineos, de un país aún no bien definido si como perteneciente si a Europa o a Africa.
El doctor Scarpinatti era un señor muy sim pático y no me regañó, sobre todo,
después que le aseguré que yo no había asistido aquel parto, que gracias a lo famosa
y popular que era la Clínica, no me habían faltado partos en toda la noche y no se me
había pasado por ? l?anticamera del cervello? agenciarme uno más, sino que la señora
había parido sola, lo había hecho muy bien y estaba orgullosa de ello.
No ha sido esa la única vez que me tocó intervenir en partos inesperados, pues fui,
durante muchos años, ?matrona de salidas? del Equipo Tocoginecológico Municipal
de Urgencia, de Madrid, plaza que gané por oposición, en 1950 y quiero hacer constar
que en tales partos, nunca vi complicación alguna, ni siquiera desgarros perineales que
precisaran más tratamiento que, a veces, un punto o dos de cagut, en la horquilla.
CONSUELO RUIZ VÉLEZ-FRÍAS
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